Perdiendo el tiempo, una y otra vez…

Perdiendo el tiempo, una y otra vez…

¿A quién le gusta malgastar su tiempo? A nadie, por supuesto. Sin embargo, al estudiar el piano, lo hacemos a menudo. Basta comprobar cuántas veces tenemos la impresión de que hemos estudiado en vano, porque las obras nos suenan hoy igual que ayer: los mismos problemas, los mismos errores. En esos casos, lo habitual es pensar: es que no hemos estudiado lo suficiente. Mañana habrá que seguir, y así adelante, día tras día. Al final, por supuesto, algo queda. No obstante, esto no es normal. No es normal que tras dedicar media hora de nuestra vida a un pasaje, éste siga sin salir. No es normal que tardemos meses en aprender una obra, por muy difícil que ésta sea.

Si la obra en cuestión está al alcance de nuestras posibilidades, no deberíamos tardar tanto en asimilarla, sobre todo en el plano estrictamente mecánico. ¿Cuál es el problema, por tanto? El principal problema es que al estudiar el piano se suele pensar en las notas, pero no en los movimientos que nos permiten producirlas. Tocamos un pasaje una vez y, si no suena como queremos, lo volvemos a hacer, y así adelante, una y otra vez. Y así pasan los minutos, las horas, los días…El problema es que si el pasaje en cuestión no ha salido a la primera es porque el movimiento que hemos realizado no era el correcto. Y si no sale a la segunda, es porque seguimos haciendo el movimiento incorrecto. Puede que, pronto encontremos el camino, y entonces todo estará bien. Pero si no lo encontramos, cada vez va a ser más difícil encontrarlo, porque mientras tanto nuestro cuerpo está asimilando el movimiento equivocado.

Las personas con más facilidad no suelen tener este problema: esa “facilidad” es precisamente la facilidad de encontrar rápidamente el mejor camino, la mejor manera de dar forma a la idea sonora que tienen en mente. Pero quienes no tenemos esa misma facilidad (una facilidad que, de todos modos, incluso en el mundo concertístico tienen sólo unos pocos: Barenboim, Volodos y unos cuantos más), necesitamos racionalizar nuestro estudio: pensar en qué movimientos estamos realizando, y qué alternativas tenemos.

Rudolf Maria Breithaupt: Die Natürliche Klaviertechnik, vol. 2, p. 53

De ahí la importancia de conocer nuestro cuerpo, cómo funciona y qué le podemos pedir. De ahí, también, la utilidad de una terminología clara y precisa que ayude a definir estos movimientos y las fuerzas que intervienen en él. En la historia de la pedagogía del piano no existe un consenso: incluso palabras muy utilizadas, como “caída”, “rotación”, “peso” y “presión” pueden significar cosas muy distintas al pasar de profesor a otro. Por ello disponer de algunos conocimientos anatómicos básicos y acercarse al estudio de la biomecánica de la interpretación pianística puede ser un paso decisivo para un instrumentista que quiera aprovechar al máximo su tiempo.

Porque no se trata sólo de “no perder el tiempo”. La triste realidad es que, cada vez que tocamos mal un pasaje hacemos más grande la distancia que nos separa del objetivo. Nuestro cuerpo va asimilando todos los movimientos: los buenos y los malos. Y por eso, cuando algo no funciona, no se trata simplemente de “volver a hacer”: se trata de entender qué está pasando para que, cuanto antes, no se vuelva a repetir. Repetir sin más, esperando que antes o después el pasaje funcione, no significa volver cada vez al punto de partida: es que ese punto de partida se ha desplazado imperceptiblemente hacia atrás. Cada vez estamos más lejos. Cada vez tenemos más camino que recorrer.

Y para que esto no se quede en pura teoría, he aquí un ejemplo clásico: los arpegios del Estudio op. 10 nº 1 de Chopin.

Es complicado llegar a tocar esta pieza con el nivel de precisión que alcanza Vladimir Ashkenazi con sus diminutas manos, y de todos modos es probable que éste no sea precisamente nuestro ideal sonoro, tal distante por otro lado del mundo sonoro del propio Chopin, pero si hay una manera para complicarnos el camino hacia una ejecución solvente de este Estudio es estudiarlo durante horas con la mano abierta y con una fuerte tensión tanto en el pulgar como en el dedo meñique. Cada vez que estudiemos así cada uno de estos arpegios (y es frecuente que así sea, entre estudiantes incluso de niveles muy avanzados) estaremos un poco más lejos de nuestro objetivo.

La alternativa es preguntarnos: ¿qué movimiento realmente necesitamos? ¿La tensión del pulgar es realmente inevitable? Y el meñique, ¿debe estar acompañado o no de un ligero desplazamiento de la mano? ¿El antebrazo debe moverse de un modo regular a lo largo de todo el compás, o concentrar su acción en cada cambio de posición, al pasar del quinto al primer dedo? Preguntas de este tipo son las que realmente nos hace localizar nuestro objetivo, que no son las notas en sí, sino un sonido que, para tomar vida, necesita de nuestro cuerpo en movimiento.

Un ejemplo de una aproximación de este tipo la encontramos en este clip del pianista italiano Orazio Maione, que acudirá en nuestras jornadas de música y medicina 2012, dedicadas precisamente a los Estudios de Chopin. Una reflexión ejemplar no tanto por las conclusiones a las que llega (que pueden ser objeto de fascinantes debates como los que sin duda se generarán en este encuentro), sino por la metodología que plantea.